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Secuestrado

He sido víctima de secuestro en mi propia casa. Fue tan sutil que no me di cuenta y apenas el día de hoy, como si un tren me pasara encima, me descubro en esta situación por demás penosa.

Creería que todo empezó hace 14 meses, pero creo que fue mucho más atrás, con Adriana.

Adriana era bonita, tenía unos dientes blanquísimos contrastantes con el tostado tono de su piel, cabello negro y unos ojos donde, en algún momento pensé en quedarme. Salimos durante 7 meses antes que comenzara con sus preguntas incómodas: “¿Qué somos?”, “¿Cuándo me presentas a tus padres?”, “¿Me acompañas a una fiesta?”.

Simplemente sentí que me quería echar una correa encima y tenía que salir de ahí. Le escribí una carta explicándole, muy torpemente, mis razones para no poder continuar con ella y seguí con mi vida tratando de no recordarla. No recordarla era muy difícil ya que, tratando de inmortalizar su mirada había colgado en el pasillo de mi departamento una fotografía de sus ojos.

Ahora, mientras escribo esto pienso mucho en Adriana, debí haberle dicho lo que quería escuchar, ir en Navidad con mis padres y la siguiente con los suyos; quizá ahora podría tener la libertad tan siquiera de escoger un programa en el televisor.

Pasaron algunos años, y algunas más, pero nada memorable. Hasta Sandra.

Con Sandra las cosas fueron muy diferentes, fue ella quien estando en la línea del banco me invitó a tomar un té, y después me dejó plantado. Quizá fue por orgullo que regresé al mismo banco todos los días a la misma hora durante un mes. Al mes exacto me la encontré de nuevo, me envolvió con su perfume, sus labios pintados de rojos y su minifalda. Al poco tiempo me convertí en su juguete, me traía como una pelota de un lado a otro, estaba siempre dispuesto a ella y al tiempo que quería regalarme. Hace 14 meses pregunté: “¿Qué somos?”.

Lo que pasó después, a pesar de ser durante más de un año, no lo noté. Fue como la vieja técnica del caballo de madera en Troya. Sandra llegó con una caja que dejó en un rincón del departamento, no la noté.

Después fueron las velas en el baño, bonito toque, pensé.

Y hoy, 14 meses después de mi pregunta, el caballo de Troya ha sido abierto y ha dejado a su paso cortinas, mantelitos de bambú, vasos de cristal, floreros, inciensos, portarretratos y tres diferentes vajillas que se utilizarán dependiendo el evento.

Hoy estoy secuestrado en mi propia casa, o lo que creía mi casa. No reconozco la decoración, ni el mobiliario, el frasco de café fue reemplazado por una caja de té, en el televisor siempre hay telenovelas; las harinas, la carne y las grasas son un recuerdo lejano.

Y pienso en Adriana, en todo lo que perdí por miedo a terminar así. Pienso mucho en ella y busco su imagen en el pasillo, pero ahora sólo se encuentra un clavo vacío.

http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/04/secuestrado.html

Lugar original de publicación: http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/04/secuestrado.html

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La vacuna

El sonido del abanico es constante, aunque lento. Me escurre sudor por la espalda, me recuesto boca abajo para sentir un poco de aire y refrescarme. Estoy a oscuras. Se apaga el abanico. Ha terminado mi tiempo de suministro de energía. Dos horas en la noche. Hace tiempo cortaron los suministros matutinos ¿para qué pueden necesitar luz un montón de moribundos?

Inició algunos años atrás, primero los cortes de agua, luego de luz, estos se fueron haciendo más y más frecuentes, también las enfermedades. La falta de higiene, la necesidad de cambiar los hábitos alimenticios a falta de agua y electricidad. Luego llegó LA enfermedad. Tos, estornudos, garganta irritada, cansancio, y poco a poco el desgaste de todos los órganos, coágulos de sangre, pérdida de dientes y finalmente todos empezaron a morir.

A nadie se le dijo que era lo que estaba sucediendo, de qué enfermábamos, por qué cada vez había menos alimentos, menos agua, menos recursos. Se perdió la esperanza y el planeta entero se convirtió en un pabellón de enfermos.

Hubo un breve momento en que recuperamos las ilusiones. Fue cuando surgió la vacuna. Esta prometía un cambio de vida, la cura a todos los males, pero sin vuelta atrás, los que no quisieran utilizarla no verían a quienes sí y viceversa. Al principio la advertencia parecía ridícula, todos queríamos vacunarnos. Pero pronto esa esperanza se convirtió en miedo, comenzaron rumores sobre dicha vacuna que en lugar de evitar la enfermedad provocaba la muerte, que aceleraba los síntomas de la enfermedad, un sinfín de historias. Lo cierto es que a quienes se les aplicó no se les volvió a ver.

Tuve muchas discusiones con Lizeth, ella quería ir y llevar al niño, yo no. Los rumores sobre una muerte inminente al tomar la vacuna eran cada vez más fuertes y yo aún tenía esperanzas de que se encontrara una cura. Tuvimos muchas discusiones cada vez más fuertes, ella intentaba convencerme de que todo, incluso la muerte era mejor que quedarse en un planeta sin agua, sin luz y una enfermedad que había llegado al rango de epidemia. – “El planeta nos lo está cobrando, no va a parar”- solía decirme.

Una tarde, después de recoger la despensa semanal a la que teníamos derecho por tener un niño, encontré una carta de Lizeth, se habían ido a vacunar. No regresaron.

Esa carta es lo único que me queda de ellos, eso y el arrepentimiento de no haberla entendido en el momento, de no haber ido con ellos. No pasó mucho tiempo desde que se fueron cuando todo el mundo se vio contagiado, aumentaron los cortes de agua, de luz, y con ello los saqueos, la gente estaba desesperada. Aumentaron los suicidios. Las filas para la vacuna, fuera lo que fuera, eran inmensas, ni siquiera llegué a plantearme ir, se agotaron antes.

Estoy enfermo, la epidemia de la contaminación me alcanzó. Tengo fuertes accesos de tos y sólo quisiera que en uno de ellos mi corazón se detuviera. Alguien irrumpió en los centros de salud donde aplicaban la vacuna, es una morgue inmensa. Ellos lo sabían, ellos lo entendieron a tiempo. Releo la última línea de la carta de Lizeth: “la vacuna no es para nosotros, es para el planeta, es la vacuna contra el virus de la humanidad”.