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En las vías

A su abuelo lo atropelló un tren, desde siempre ha escuchado esa historia, pero no le da miedo.

Se oye el silbido del tren, todos los niños corren a verlo, ella con ellos. Unos corren para alcanzar a ver la locomotora; otros se ponen a contar los vagones e imaginar lo que hay dentro. Una de las niñas sostiene a su hermanito de la mano y piensa a los lugares que podría visitar viajando en él.

La abuela los toma de la mano y se le llena la mirada de recuerdos.

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A mi esposo lo atropelló un tren. A veces lo recuerdo muy claro, como si hubiera sido ayer; otras es una memoria difusa.

Era difícil tener 4 hijos, atender la panadería, cuidar la casa; en ese entonces mi madre estaba enferma y después de cerrar cargaba a Rubencito, y tomaba de la mano a Luisa; María y Elvira con 8 y 9 años habían aprendido a cuidarse solas, me ayudaban a llevar el pan más viejo a casa. Con un poco de suerte lo cenaríamos con leche azucarada, o bien, con un poco de café.

Caminábamos dos kilómetros, cantando y contando cuentos. Seguíamos las vías del tren y llegábamos hasta donde mi madre que en ese entonces estaba enferma, limpiaba su casa y comíamos juntos. A veces llegaba Luis a acompañarnos, tomaba las ganancias de la panadería, cenaba y volvía a salir. A veces daba un beso de buenas noches a los niños, a veces.

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Se llama María Luisa y tiene 7 años, toma fuerte la mano de su hermano, esperando que nunca le tema al tren. Todos los días debe cruzar para ir a la escuela, a ratos se aburre, quisiera quedarse en casa a jugar con su hermanito, poder trepar higueras, lanzar la pelota y ayudar a la abuela, empezar a trabajar para que ella descanse.

Cuando sea grande, viajará en tren, conocerá muchos lugares, escribirá libros de todo lo que vea y llevará a su abuela con ella. Le regalará todas las cajas de colores que quiera y nunca más hará que el tren silbe,para que no tenga que recordar que así perdió al abuelo.

La observa recordando y quisiera que fueran buenos recuerdos. Imagina todas las noches que lloró al abuelo, y la piensa enlutada durante años. Imagina el dolor de su mamá al haberle perdido un padre amoroso y le duele la pena de sus antecesoras.

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La mayor parte de las veces Luis no llegaba. Él trabajaba en un taller, cuando salía acompañaba a sus amigos a una cantina. Nunca estaba, no estaba ni cuando llegaba a casa.

Esa noche no llegó Luis, y fue la última vez que lo extrañé. No era la primera que faltaba, pero sí la primera que todos hablaron de ello. Había salido del bar discutiendo por unas apuestas de domino, quizá muy tomado, muy enojado o muy distraído buscó el camino a casa por las vías del tren, y no lo escuchó venir. Desde entonces, no lo extraño, la tranquilidad volvió a casa.

Sigo viviendo a un lado de las vías, sigo con la panadería, los hijos se hicieron adultos y los adultos se ocuparon en ese mundo. Ahora tengo a mis nietos tan llenos de sueños.

Quiero que le pierdan el miedo al tren, cuando lo oímos silbar corremos a verlo, a contar sus vagones y formar figuras con el vapor de la locomotora. Los abrazo junto a mí para que se sepan en compañía.

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María Luisa teme que la abuela extrañe al abuelo y le toma la mano mientras observan el tren, soñando que viajan juntas y sanan heridas.

Cuando el último vagón desaparece en el horizonte, ellas se sonríen cómplices de haberse ayudado a superar un miedo y una tristeza, que jamás existió.

Lugar original donde se publicó: http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/05/en-las-vias.html

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La vacuna

El sonido del abanico es constante, aunque lento. Me escurre sudor por la espalda, me recuesto boca abajo para sentir un poco de aire y refrescarme. Estoy a oscuras. Se apaga el abanico. Ha terminado mi tiempo de suministro de energía. Dos horas en la noche. Hace tiempo cortaron los suministros matutinos ¿para qué pueden necesitar luz un montón de moribundos?

Inició algunos años atrás, primero los cortes de agua, luego de luz, estos se fueron haciendo más y más frecuentes, también las enfermedades. La falta de higiene, la necesidad de cambiar los hábitos alimenticios a falta de agua y electricidad. Luego llegó LA enfermedad. Tos, estornudos, garganta irritada, cansancio, y poco a poco el desgaste de todos los órganos, coágulos de sangre, pérdida de dientes y finalmente todos empezaron a morir.

A nadie se le dijo que era lo que estaba sucediendo, de qué enfermábamos, por qué cada vez había menos alimentos, menos agua, menos recursos. Se perdió la esperanza y el planeta entero se convirtió en un pabellón de enfermos.

Hubo un breve momento en que recuperamos las ilusiones. Fue cuando surgió la vacuna. Esta prometía un cambio de vida, la cura a todos los males, pero sin vuelta atrás, los que no quisieran utilizarla no verían a quienes sí y viceversa. Al principio la advertencia parecía ridícula, todos queríamos vacunarnos. Pero pronto esa esperanza se convirtió en miedo, comenzaron rumores sobre dicha vacuna que en lugar de evitar la enfermedad provocaba la muerte, que aceleraba los síntomas de la enfermedad, un sinfín de historias. Lo cierto es que a quienes se les aplicó no se les volvió a ver.

Tuve muchas discusiones con Lizeth, ella quería ir y llevar al niño, yo no. Los rumores sobre una muerte inminente al tomar la vacuna eran cada vez más fuertes y yo aún tenía esperanzas de que se encontrara una cura. Tuvimos muchas discusiones cada vez más fuertes, ella intentaba convencerme de que todo, incluso la muerte era mejor que quedarse en un planeta sin agua, sin luz y una enfermedad que había llegado al rango de epidemia. – “El planeta nos lo está cobrando, no va a parar”- solía decirme.

Una tarde, después de recoger la despensa semanal a la que teníamos derecho por tener un niño, encontré una carta de Lizeth, se habían ido a vacunar. No regresaron.

Esa carta es lo único que me queda de ellos, eso y el arrepentimiento de no haberla entendido en el momento, de no haber ido con ellos. No pasó mucho tiempo desde que se fueron cuando todo el mundo se vio contagiado, aumentaron los cortes de agua, de luz, y con ello los saqueos, la gente estaba desesperada. Aumentaron los suicidios. Las filas para la vacuna, fuera lo que fuera, eran inmensas, ni siquiera llegué a plantearme ir, se agotaron antes.

Estoy enfermo, la epidemia de la contaminación me alcanzó. Tengo fuertes accesos de tos y sólo quisiera que en uno de ellos mi corazón se detuviera. Alguien irrumpió en los centros de salud donde aplicaban la vacuna, es una morgue inmensa. Ellos lo sabían, ellos lo entendieron a tiempo. Releo la última línea de la carta de Lizeth: “la vacuna no es para nosotros, es para el planeta, es la vacuna contra el virus de la humanidad”.

Luna

 

 

Ella era la dueña de la luna, ¿Por qué no? Hizo muchas preguntas y no logró encontrar al dueño. Las estrellas sí tenían dueño y nombre. Pero la luna, era como si nadie la hubiera notado, nadie la reclamó. Entonces se autonombró dueña de ella.

La regaba cada noche con sueños, y la extrañaba de día. Notaba que a veces enfermaba, le veía un color amarilliento, y le contaba cuentos durante horas hasta que ésta mejoraba.

Y se desvelaba escribiéndole cartas:

Luna, ¿qué tienes que me haces soñar?
¿Qué tiene el cielo que me hace voltear cada mañana y cada noche?
Y puedo pasar las noches en vela, contando los lunares de luna,
Cazando sueños quemados, que caen…
Sorbiendo el rocío, acariciando la noche.

Un día sus sueños y cuentos le parecieron insuficientes, tomó una cámara y comenzó a coleccionar lunas: luna menguante, creciente, llena y luna nueva que irremediablemente le llenaba de energía.

Dos años estuvo atada a la luna y sus ciclos, prometiendo sus letras a ella y recopilando paisajes de ésta.

Su arte era tan prometedor que decidió entrar en un taller para compartir letras, en su primera lección la maestra instó a escribir a la principal musa de los escritores: la luna.

Se sintió traicionada. Comenzó a contar los cuentos e historias a la luna y perdió la cuenta cuando eran tantos como estrellas. La luna dejó de parecerle tan especial.

Tiró todo y comenzó a preguntarse ¿de quién será el mar?