Archive for the ‘ Cuentos ’ Category

Habló ella…

Quise enfrentar a la vida, hablarle de frente y preguntarle de una vez por todas, ¿por qué eres tan injusta? ¿Por qué? Porque si intento siempre ser congruente con mis pensamientos y mis actos, intento no molestar a los demás, e incluso ayudar, ¿por qué eres así conmigo?
Es tan digna la vida que no se molestó en responder.
Sin embargo, vino a mí quien menos lo esperaba. Vino la muerte a responder.
Me dijo:
“La vida no es justa o injusta, la vida sólo es vida. Hay gente en ella que simplemente es, y no va a ser justa o injusta, simplemente será como es, la vida pasa y las circunstancias también.”
Y así pasa la vida. La única cura a ella es la muerte.

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Secuestrado

He sido víctima de secuestro en mi propia casa. Fue tan sutil que no me di cuenta y apenas el día de hoy, como si un tren me pasara encima, me descubro en esta situación por demás penosa.

Creería que todo empezó hace 14 meses, pero creo que fue mucho más atrás, con Adriana.

Adriana era bonita, tenía unos dientes blanquísimos contrastantes con el tostado tono de su piel, cabello negro y unos ojos donde, en algún momento pensé en quedarme. Salimos durante 7 meses antes que comenzara con sus preguntas incómodas: “¿Qué somos?”, “¿Cuándo me presentas a tus padres?”, “¿Me acompañas a una fiesta?”.

Simplemente sentí que me quería echar una correa encima y tenía que salir de ahí. Le escribí una carta explicándole, muy torpemente, mis razones para no poder continuar con ella y seguí con mi vida tratando de no recordarla. No recordarla era muy difícil ya que, tratando de inmortalizar su mirada había colgado en el pasillo de mi departamento una fotografía de sus ojos.

Ahora, mientras escribo esto pienso mucho en Adriana, debí haberle dicho lo que quería escuchar, ir en Navidad con mis padres y la siguiente con los suyos; quizá ahora podría tener la libertad tan siquiera de escoger un programa en el televisor.

Pasaron algunos años, y algunas más, pero nada memorable. Hasta Sandra.

Con Sandra las cosas fueron muy diferentes, fue ella quien estando en la línea del banco me invitó a tomar un té, y después me dejó plantado. Quizá fue por orgullo que regresé al mismo banco todos los días a la misma hora durante un mes. Al mes exacto me la encontré de nuevo, me envolvió con su perfume, sus labios pintados de rojos y su minifalda. Al poco tiempo me convertí en su juguete, me traía como una pelota de un lado a otro, estaba siempre dispuesto a ella y al tiempo que quería regalarme. Hace 14 meses pregunté: “¿Qué somos?”.

Lo que pasó después, a pesar de ser durante más de un año, no lo noté. Fue como la vieja técnica del caballo de madera en Troya. Sandra llegó con una caja que dejó en un rincón del departamento, no la noté.

Después fueron las velas en el baño, bonito toque, pensé.

Y hoy, 14 meses después de mi pregunta, el caballo de Troya ha sido abierto y ha dejado a su paso cortinas, mantelitos de bambú, vasos de cristal, floreros, inciensos, portarretratos y tres diferentes vajillas que se utilizarán dependiendo el evento.

Hoy estoy secuestrado en mi propia casa, o lo que creía mi casa. No reconozco la decoración, ni el mobiliario, el frasco de café fue reemplazado por una caja de té, en el televisor siempre hay telenovelas; las harinas, la carne y las grasas son un recuerdo lejano.

Y pienso en Adriana, en todo lo que perdí por miedo a terminar así. Pienso mucho en ella y busco su imagen en el pasillo, pero ahora sólo se encuentra un clavo vacío.

http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/04/secuestrado.html

Lugar original de publicación: http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/04/secuestrado.html

Una vez me inventé un novio…

Una vez me inventé un novio y le di mi corazón para vivir.  Me arranqué parte de los ojos para mostrarle mi mundo. Rasgué mi piel para que pudiera encarnar, le di mi sangre para hacerlo mortal.

Me inventé un novio al que regalarle mis días de comer, que me hizo llorar cada noche para darle de beber.

Una vez me inventé un novio, le pedí días a la vida para dárselos a él e intercambiamos por días de muerte para mí.

Robé una sombra para que tuviera una propia.

Quemé mis sueños para compartir el mismo vacío. Cosí mis oídos para no escuchar que era irreal. Corté mis pies para no irme de él, até mi mente a sus ojos, mis días a su respiración, mis noches a sus vicios.

Una vez me inventé un novio y me hice falacia.

A los novios inventados también les crecen alas. Y se van.

En las vías

A su abuelo lo atropelló un tren, desde siempre ha escuchado esa historia, pero no le da miedo.

Se oye el silbido del tren, todos los niños corren a verlo, ella con ellos. Unos corren para alcanzar a ver la locomotora; otros se ponen a contar los vagones e imaginar lo que hay dentro. Una de las niñas sostiene a su hermanito de la mano y piensa a los lugares que podría visitar viajando en él.

La abuela los toma de la mano y se le llena la mirada de recuerdos.

* * * * *

A mi esposo lo atropelló un tren. A veces lo recuerdo muy claro, como si hubiera sido ayer; otras es una memoria difusa.

Era difícil tener 4 hijos, atender la panadería, cuidar la casa; en ese entonces mi madre estaba enferma y después de cerrar cargaba a Rubencito, y tomaba de la mano a Luisa; María y Elvira con 8 y 9 años habían aprendido a cuidarse solas, me ayudaban a llevar el pan más viejo a casa. Con un poco de suerte lo cenaríamos con leche azucarada, o bien, con un poco de café.

Caminábamos dos kilómetros, cantando y contando cuentos. Seguíamos las vías del tren y llegábamos hasta donde mi madre que en ese entonces estaba enferma, limpiaba su casa y comíamos juntos. A veces llegaba Luis a acompañarnos, tomaba las ganancias de la panadería, cenaba y volvía a salir. A veces daba un beso de buenas noches a los niños, a veces.

* * * * *

Se llama María Luisa y tiene 7 años, toma fuerte la mano de su hermano, esperando que nunca le tema al tren. Todos los días debe cruzar para ir a la escuela, a ratos se aburre, quisiera quedarse en casa a jugar con su hermanito, poder trepar higueras, lanzar la pelota y ayudar a la abuela, empezar a trabajar para que ella descanse.

Cuando sea grande, viajará en tren, conocerá muchos lugares, escribirá libros de todo lo que vea y llevará a su abuela con ella. Le regalará todas las cajas de colores que quiera y nunca más hará que el tren silbe,para que no tenga que recordar que así perdió al abuelo.

La observa recordando y quisiera que fueran buenos recuerdos. Imagina todas las noches que lloró al abuelo, y la piensa enlutada durante años. Imagina el dolor de su mamá al haberle perdido un padre amoroso y le duele la pena de sus antecesoras.

* * * * *

La mayor parte de las veces Luis no llegaba. Él trabajaba en un taller, cuando salía acompañaba a sus amigos a una cantina. Nunca estaba, no estaba ni cuando llegaba a casa.

Esa noche no llegó Luis, y fue la última vez que lo extrañé. No era la primera que faltaba, pero sí la primera que todos hablaron de ello. Había salido del bar discutiendo por unas apuestas de domino, quizá muy tomado, muy enojado o muy distraído buscó el camino a casa por las vías del tren, y no lo escuchó venir. Desde entonces, no lo extraño, la tranquilidad volvió a casa.

Sigo viviendo a un lado de las vías, sigo con la panadería, los hijos se hicieron adultos y los adultos se ocuparon en ese mundo. Ahora tengo a mis nietos tan llenos de sueños.

Quiero que le pierdan el miedo al tren, cuando lo oímos silbar corremos a verlo, a contar sus vagones y formar figuras con el vapor de la locomotora. Los abrazo junto a mí para que se sepan en compañía.

* * * * *

María Luisa teme que la abuela extrañe al abuelo y le toma la mano mientras observan el tren, soñando que viajan juntas y sanan heridas.

Cuando el último vagón desaparece en el horizonte, ellas se sonríen cómplices de haberse ayudado a superar un miedo y una tristeza, que jamás existió.

Lugar original donde se publicó: http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/05/en-las-vias.html

La vacuna

El sonido del abanico es constante, aunque lento. Me escurre sudor por la espalda, me recuesto boca abajo para sentir un poco de aire y refrescarme. Estoy a oscuras. Se apaga el abanico. Ha terminado mi tiempo de suministro de energía. Dos horas en la noche. Hace tiempo cortaron los suministros matutinos ¿para qué pueden necesitar luz un montón de moribundos?

Inició algunos años atrás, primero los cortes de agua, luego de luz, estos se fueron haciendo más y más frecuentes, también las enfermedades. La falta de higiene, la necesidad de cambiar los hábitos alimenticios a falta de agua y electricidad. Luego llegó LA enfermedad. Tos, estornudos, garganta irritada, cansancio, y poco a poco el desgaste de todos los órganos, coágulos de sangre, pérdida de dientes y finalmente todos empezaron a morir.

A nadie se le dijo que era lo que estaba sucediendo, de qué enfermábamos, por qué cada vez había menos alimentos, menos agua, menos recursos. Se perdió la esperanza y el planeta entero se convirtió en un pabellón de enfermos.

Hubo un breve momento en que recuperamos las ilusiones. Fue cuando surgió la vacuna. Esta prometía un cambio de vida, la cura a todos los males, pero sin vuelta atrás, los que no quisieran utilizarla no verían a quienes sí y viceversa. Al principio la advertencia parecía ridícula, todos queríamos vacunarnos. Pero pronto esa esperanza se convirtió en miedo, comenzaron rumores sobre dicha vacuna que en lugar de evitar la enfermedad provocaba la muerte, que aceleraba los síntomas de la enfermedad, un sinfín de historias. Lo cierto es que a quienes se les aplicó no se les volvió a ver.

Tuve muchas discusiones con Lizeth, ella quería ir y llevar al niño, yo no. Los rumores sobre una muerte inminente al tomar la vacuna eran cada vez más fuertes y yo aún tenía esperanzas de que se encontrara una cura. Tuvimos muchas discusiones cada vez más fuertes, ella intentaba convencerme de que todo, incluso la muerte era mejor que quedarse en un planeta sin agua, sin luz y una enfermedad que había llegado al rango de epidemia. – “El planeta nos lo está cobrando, no va a parar”- solía decirme.

Una tarde, después de recoger la despensa semanal a la que teníamos derecho por tener un niño, encontré una carta de Lizeth, se habían ido a vacunar. No regresaron.

Esa carta es lo único que me queda de ellos, eso y el arrepentimiento de no haberla entendido en el momento, de no haber ido con ellos. No pasó mucho tiempo desde que se fueron cuando todo el mundo se vio contagiado, aumentaron los cortes de agua, de luz, y con ello los saqueos, la gente estaba desesperada. Aumentaron los suicidios. Las filas para la vacuna, fuera lo que fuera, eran inmensas, ni siquiera llegué a plantearme ir, se agotaron antes.

Estoy enfermo, la epidemia de la contaminación me alcanzó. Tengo fuertes accesos de tos y sólo quisiera que en uno de ellos mi corazón se detuviera. Alguien irrumpió en los centros de salud donde aplicaban la vacuna, es una morgue inmensa. Ellos lo sabían, ellos lo entendieron a tiempo. Releo la última línea de la carta de Lizeth: “la vacuna no es para nosotros, es para el planeta, es la vacuna contra el virus de la humanidad”.

Pesquisa

Humberto acude a interponer la denuncia de desaparición. Pide ayuda para encontrar uno de sus personajes, solicita a quien lo encuentre se lo comuniquen de inmediato.  Cuenta en la descripción que éste tiene dos años de novela inconclusa a cuestas, por lo que es fácil de identificar, tiene la mirada de aquel que soporta una pena suspensiva.

Por costumbre, Humberto asesinaba a sus personajes antes de cada punto final. Era la única salida y el verdadero final feliz de cada cuento. La redención.

Aclara que sospecha que la huida de su personaje haya ocurrido con la finalidad de conocer historias fueras de sus hojas, o quizá para darse el final que le fue negado.

Omite que su principal temor no es que el personaje haya huido por alguna de esas causas, omite confesar que en la historia había desahogado todas sus frustraciones, vengándose de personas que conocía, llenando de desgracias un protagonista que no era más que el collage de todo lo que odiaba en un invento.

Humberto le teme. Cree que no escapó tan lejos, que le persigue.

Desconfía.

Cree estarse volviendo un poco loco, pero a veces por las noches, siente las letras de su anti-héroe subiéndole por una pierna, despierta sudando frío.

Cada vez tarda más en despertar.

Una noche no lo hará, será engullido por su propio cuento.

Los tacones rojos

Las calles estaban en un tranquilo murmullo, el aroma a tierra mojada inundaba el ambiente, sólo un taconeo interrumpía el sonido de las nubes alejándose.

Sonia caminaba aprisa a su cita, incómoda, el saco del traje estaba ajustado y al pantalón se le había caído un botón justo al salir de casa; no había tiempo de regresar.

El silencio fue interrumpido por estrepitosas risas infantiles, varios niños comenzaron a saltar sobre los charcos y rebotaban pelotas llenándose de lodo.

Recordó su infancia tan llena de reglas y prohibiciones, de sobreprotección, las tardes de lluvia eran para pasarse frente a una taza de chocolate en un lugar seco, donde fuera imposible enfermar.

De nada sirvió la colección de muñecas alineadas en perfección en repisas del cuarto, extrañaba los juegos que nunca tuvo.

Ahora se sentía ridícula, enfundada en un traje que no la hacía sentir bien, sino por el contrario, disfrazada; ocultando su verdadero deseo de ir a brincar con los niños, de reír a carcajadas sin importar quien se moleste, de ensuciarse sin preocuparse por regaños, o por los costos de la ropa que no había podido pagar por estar desempleada.

Recordó las cuentas pendientes y quiso dejarlo todo atrás, quiso que la lluvia lavara todos los reproches y dejara sólo tranquilidad, la tranquilidad de una calle recién lavada y en espera de nuevas oportunidades.

Le llegaron unas ganas inmensas de saltar sobre el charco que brillaba frente a ella, pero no lo hizo; los zapatos eran prestados.