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Hubiera…

Tenía tantos hubiera que pensé en juntarlos todo para ahogarme en ellos.

Habló ella…

Quise enfrentar a la vida, hablarle de frente y preguntarle de una vez por todas, ¿por qué eres tan injusta? ¿Por qué? Porque si intento siempre ser congruente con mis pensamientos y mis actos, intento no molestar a los demás, e incluso ayudar, ¿por qué eres así conmigo?
Es tan digna la vida que no se molestó en responder.
Sin embargo, vino a mí quien menos lo esperaba. Vino la muerte a responder.
Me dijo:
“La vida no es justa o injusta, la vida sólo es vida. Hay gente en ella que simplemente es, y no va a ser justa o injusta, simplemente será como es, la vida pasa y las circunstancias también.”
Y así pasa la vida. La única cura a ella es la muerte.

Primera y segunda

Tus ojos en mis ojos,
tu boca en la mía,
tu piel en mi piel
tu aroma en mi aroma.
Tu nariz afilada,
mi nariz helada,
tus dedos entre los míos,
mis piernas entre las tuyas.
Tus brazos, mis brazos,
tu sudor, mi sudor.
Nuestros cuerpos,
nuestra respiración,
nuestros gemidos,
nuestros fluidos.
Tu universo,
mi universo,
nuestro choque.
Nuestra brevedad.
Mi cama,
mis sábanas,
mis pies quedándose,
tus pies marchándose.
Tu adiós.

Enferma

Hay cicatrices que son una hoja arrancada.

Estoy enferma de tristeza. Me diagnosticó el espejo esta mañana, cuando me regresó una mirada sin ojos y la sonrisa despostillada.

Había notado algunos síntomas, como dejar sueños y plumas en la almohada al despertar; o tener cada día los pies más borrosos.

También se me habían estado levantando algunas ilusiones de la piel, pero dejé pasar todos los síntomas. Quizá ahora, ya no es sólo enfermedad, sino desahucio.

Quizá ya no haya cura en una taza de café, o quizá ya no haya historia que contar que me devuelva la tinta a las venas.

Despedidas…

Me gustó andar de tu mano entre castillos. Me gustó escribir juntos capítulos y hacer bocetos de futuros de arcoíris.
Me gustó amarte cada día y amar lo que amabas, enamorarme de tus caminos, de tu cielo, de tus demonios, de tu mirar, de tu aroma junto al mío, de combinar despertares. Nuestros “parasiempres” que se creían eternos.
Amé las risas, los encuentros, los desencuentros, los reencuentros; amé que fueran contigo.
Cuando caía, me sostenía en tus brazos; cuando tenía miedo, me salvaba tu voz. De la oscuridad, me salvaba tu sombra, que sabía iluminar.
Me gustó andar de tu mano tantos días y tantas noches, tantos sueños y tantas realidades.
Me gustó volar juntos. Amar juntos.
Ahora, ¿me puedes soltar?

Secuestrado

He sido víctima de secuestro en mi propia casa. Fue tan sutil que no me di cuenta y apenas el día de hoy, como si un tren me pasara encima, me descubro en esta situación por demás penosa.

Creería que todo empezó hace 14 meses, pero creo que fue mucho más atrás, con Adriana.

Adriana era bonita, tenía unos dientes blanquísimos contrastantes con el tostado tono de su piel, cabello negro y unos ojos donde, en algún momento pensé en quedarme. Salimos durante 7 meses antes que comenzara con sus preguntas incómodas: “¿Qué somos?”, “¿Cuándo me presentas a tus padres?”, “¿Me acompañas a una fiesta?”.

Simplemente sentí que me quería echar una correa encima y tenía que salir de ahí. Le escribí una carta explicándole, muy torpemente, mis razones para no poder continuar con ella y seguí con mi vida tratando de no recordarla. No recordarla era muy difícil ya que, tratando de inmortalizar su mirada había colgado en el pasillo de mi departamento una fotografía de sus ojos.

Ahora, mientras escribo esto pienso mucho en Adriana, debí haberle dicho lo que quería escuchar, ir en Navidad con mis padres y la siguiente con los suyos; quizá ahora podría tener la libertad tan siquiera de escoger un programa en el televisor.

Pasaron algunos años, y algunas más, pero nada memorable. Hasta Sandra.

Con Sandra las cosas fueron muy diferentes, fue ella quien estando en la línea del banco me invitó a tomar un té, y después me dejó plantado. Quizá fue por orgullo que regresé al mismo banco todos los días a la misma hora durante un mes. Al mes exacto me la encontré de nuevo, me envolvió con su perfume, sus labios pintados de rojos y su minifalda. Al poco tiempo me convertí en su juguete, me traía como una pelota de un lado a otro, estaba siempre dispuesto a ella y al tiempo que quería regalarme. Hace 14 meses pregunté: “¿Qué somos?”.

Lo que pasó después, a pesar de ser durante más de un año, no lo noté. Fue como la vieja técnica del caballo de madera en Troya. Sandra llegó con una caja que dejó en un rincón del departamento, no la noté.

Después fueron las velas en el baño, bonito toque, pensé.

Y hoy, 14 meses después de mi pregunta, el caballo de Troya ha sido abierto y ha dejado a su paso cortinas, mantelitos de bambú, vasos de cristal, floreros, inciensos, portarretratos y tres diferentes vajillas que se utilizarán dependiendo el evento.

Hoy estoy secuestrado en mi propia casa, o lo que creía mi casa. No reconozco la decoración, ni el mobiliario, el frasco de café fue reemplazado por una caja de té, en el televisor siempre hay telenovelas; las harinas, la carne y las grasas son un recuerdo lejano.

Y pienso en Adriana, en todo lo que perdí por miedo a terminar así. Pienso mucho en ella y busco su imagen en el pasillo, pero ahora sólo se encuentra un clavo vacío.

http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/04/secuestrado.html

Lugar original de publicación: http://eltelardelashistorias.blogspot.mx/2011/04/secuestrado.html

Una vez me inventé un novio…

Una vez me inventé un novio y le di mi corazón para vivir.  Me arranqué parte de los ojos para mostrarle mi mundo. Rasgué mi piel para que pudiera encarnar, le di mi sangre para hacerlo mortal.

Me inventé un novio al que regalarle mis días de comer, que me hizo llorar cada noche para darle de beber.

Una vez me inventé un novio, le pedí días a la vida para dárselos a él e intercambiamos por días de muerte para mí.

Robé una sombra para que tuviera una propia.

Quemé mis sueños para compartir el mismo vacío. Cosí mis oídos para no escuchar que era irreal. Corté mis pies para no irme de él, até mi mente a sus ojos, mis días a su respiración, mis noches a sus vicios.

Una vez me inventé un novio y me hice falacia.

A los novios inventados también les crecen alas. Y se van.