Archive for September, 2007

Luz

Luz

Nana Luz nació en unas casuchas alejadas de cualquier pueblo cercano. Hija de una mujer robusta de grandes brazos y de padre agricultor con la cara curtida por el sol.  A los ocho años fue llevada al campo y comenzó a ayudar a la siembra; sus hermanos insistieron a su padre que el trabajo de la niña era torpe y lento, que era más un gasto que ganancia, así que en un viaje al pueblo la cambio a la familia Reynosa por dos costales de café y varios de semillas. Al principio, Nana Luz se dedicaba únicamente a limpiar la cocina y sacudir cobijas; pero Ernesto Reynosa, el hijo menor, de tan solo dieciséis años, se dio cuenta que era muy trabajadora y comenzó a darle más tareas con el fin de darle más dinero. Él fue el primer y único amor de Nana Luz.

Ernesto comenzó a buscarla más seguido, a darle regalos contento de todo lo que ella hacia por él y mientras más la quería, más trabajo le daba; al mismo tiempo que se lo recompensaba con caros vestidos, perfumes, guantes, bolsos, pañuelos y en una ocasión un libro.

En ese entonces Luz tenía 14 años, vio el libro con extrañeza y preguntó que era eso. A partir de ahí Ernesto le dio un regalo más, le enseñó a leer y escribir. Días antes del cumpleaños número dieciséis de Luz, los padres de Ernesto salieron de viaje, sí que llegada la fecha los jóvenes se encontraron solos. Luz decidió hacerle una carta de agradecimiento a Ernesto, y él despidió a toda la servidumbre para dejarla como encargada total de la casona Reynosa. Se dice que esa noche Luz se deslizó en la habitación de Ernesto par darle su carta, él la recibió y le dio un beso en la mejilla y a partir de ahí comenzaron a dormir juntos. Durante dos semanas no se les vio a ninguno de los dos y las botellas de leche se fueron agriando en la puerta. A mitad de la tercer semana llegó un carruaje tirado por seis cansados caballos y una dama de edad avanzada bajó justo enfrente de la casa Reynosa, tras de ella, una joven frágil de ojos miel y piel cuidada como la de quienes no han trabajado nunca, comenzó a inspeccionar todo lo que había a su alrededor.

Esa noche Luz volvió a su habitación instalada a un lado de la cocina, lloró sin descanso y a la mañana siguiente comenzó con los preparativos de la boda de Ernesto y Lucía, quien había llegado de la capital con su suegra para cumplir con un compromiso hecho diez años atrás.

El día de la boda, el señor Reynosa dio a su hijo sin saber, lo que él más quería: a Luz. Durante diez años sirvió a Lucía sin queja alguna, la asistió en los seis embarazos terminados en aborto y la cuido en los días siguientes. La alimentaba para que tomara fuerzas y volviera intentar de nuevo tener un hijo. Aunque para entonces, Ernesto ya no quería tocar a su esposa no para tener un hijo, no podía dejar de espiar a Luz cuando cargaba baldes de agua y se acercaba tambaleándose y sudorosa hasta la casa, la seguía de reojo cuando se movía de arriba abajo ordenando a los demás sirvientes y sus ojos se llenaban de amor cuando veía la entrega con que cuidaba a su esposa.  El dolor de haber tomado una mala decisión lo acosaba y cuando no podía volcar su frustración en el trabajo lo hacía en el alcohol hasta perder la conciencia. Fue así como Lucía quedó embarazada por séptima vez.

Durante ocho meses, Lucía se quedó en cama, sin hacer otra cosa que dormir y comer. Cada dos días la levantaba su esposo y un hermano para llevarla hasta el baño, donde Luz la lavaba con una esponja, le ponía ropa limpia, la perfumaba y hacía que devolvieran a su cama. Ocho meses pasaron de duros sacrificios y de una espera de todos los habitantes de la casa, cuando Lucía parió a una niña transparente con dos rizos rubios coronándole la cabecita, tan pequeña y tan cansada que ni siquiera lloró. Luz cambió todos sus cuidados par ala niña, sacó ropita que le había tejido y l envolvió en una cobija que ella misma había bordado mientras velaba por el sueño de Lucía. Ambas mujeres Reynosa fueron tomando fuerzas tan lentamente que era imperceptible. Cuando la pequeña cumplió un año se celebró una gran fiesta, pero en la noche todos los invitados empezaron a retirarse por un malestar estomacal, en la madrugada las delicadas Lucía y Elisa comenzaron con altas fiebres y al amanecer, Luz tuvo que organizar el velorio de ambas.

Antes de terminar el entierro Luz notó que Ernesto la había seguido durante todo el día con un brillo en los ojos de esperanza que no había tenido ni una sola vez en los últimos trece años. Ella le dijo que se adelantaba a la casa para preparar la cena, llegó apresuradamente, tomó una maleta donde guardó su poca ropa, un pañuelo regalo de Ernesto y todos sus ahorros; con los que compró un boleto al pueblo más lejano.

Fue así como Nana Luz llegó a casa de mi madre.