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Paula

Este cuentito es de una colección de cuentos que estoy iniciando, a ver si gusta a mis dos lectores entonces me voy trayendo poco a poco los demás.

PAULA

 

Mi nombre es Consuelo, mi madre, Paula, me llamó así por ser de lo que más necesitada estaba el día en que me tuvo.

Ella nació siendo una linda bebé, de blanquísima piel y una mata de cabello castaño. Conforme fue creciendo perdió gracia y belleza, al punto que antes de los diez años su familia perdió interés en ella y  la puso al cuidado de una nana para que se hiciera cargo de ella hasta el día en que se casará.

Nana Luz cuidó y mimó a mi madre de tal manera que nunca se separaban. Ella se levantaba temprano para calentar agua y acarrearla hasta una tina, donde mi madre duraba hasta que el agua se enfriara, luego la frotaba con pétalos de flores, la peinaba, le arreglaba lazos en sus vestidos, le preparaba el desayuno y no se despegaba de ella durante todas sus actividades.

Los domingos la bañaba en leche y avena, además de acompañarla a misa para que todos en el pueblo la vieran linda y arreglada.

Mis abuelos trataron de instruirla para que se casara bien pero fracasaron en cada intento. Sus dedos eran muy cortos para tocar el piano, era muy impresionable como para sacrificar a los animales que iban a parar en la mesa y sus alergias no le permitían estar cerca de la cocina. Su vista fallaba mucho para la costura y todo lo que regaba, moría.

Pronto su mala capacidad para el hogar se hizo del conocimiento del pueblo y los pocos pretendientes que la rodeaban se alejaron de ella.

Al cumplir diecinueve años se murmuraba que sería la próxima solterona, así que su padre prometió en dote todas las crías que tuviera el ganado ese año.

Pasaron cuatro meses y ni así se despertó el interés de los solteros.

Un martes fresco y nublado llegó al pueblo Felipe Montés, un pescador que regresaba del puerto y recién se enteró de la dote fue a bañarse, a comprar flores y una botella para hacer la proposición.

Don Rafael, mi abuelo, de inmediato dio la bienvenida al forastero, mandó arreglarle el cuarto de huéspedes, anunció una gran boda y mandó marcar todos los becerros que a partir de ese día nacieran.

La boda de Paula y Felipe fue todo un acontecimiento, mientras las jóvenes envidiaban el ajuar de novia, las viejas vaticinaban fracaso por ser un matrimonio meramente de intereses, y los jóvenes apostaban con envidia, sobre cuantos becerros se juntarían en el año.

Felipe prometió a Paula llevarla a la capital a los tres años de la boda. El primer año trabajaría en la maderería como ayudante, el segundo cuidaría a los becerros y el tercero, tras vender parte del ganado, compraría una gran casa donde se mudarían.

Felipe no esperaba la torpeza de Paula y a las dos semanas de casados y veinte comidas quemadas contrató una sirvienta para que ayudara en la casa. Otras dos semanas pasaron cuando la ayudante se quejo de tener que bañar a Paula, así que Felipe tuvo que mandar llamar a Nana Luz para que le ayudara.

Entre las dos mujeres que no esperaba mantener y los caprichos de su esposa,. Felipe comenzaba a desesperarse, pero no dejaba de pensar en la generosa recompensa y trabajaba todas las horas extras que podía.

Mientras tanto, Nana Luz ayudaba a mi madre cocinando pasteles que ambas vendían en el mercado para después repartirse las ganancias. Fue un año en que Paula perdió parte de sus sueños, trabajó por primera vez, renunció a las comodidades, comió mucho menos y dejó de tomar sus largos baños. Incluso aprendió a limpiar la casa y se quedo solo con Nana Luz para recortar los gastos de la otra ayudante.

El dieciocho de abril se cumplía un año de matrimonio, fecha en que por fin contarían la dote para entregarla, dos días antes para celebrar, Felipe renunció a su trabajo, volvió con una botella de vino y quedó a solas encerrado con su mujer.

Al día siguiente un peón le avisó que había ocurrido un robo en los establos. Felipe fue temeroso de que le hubieran robado la mitad de lo que le correspondía, pero al llgar no encontró un solo becerro o res joven marcada. ¿Cómo? ¿Quién pudo haberme hecho esto? ¿Por qué? Comenzó a cuestionarse, mientras el miedo y la desconfianza crecían en él ¿Alguna vez vi que en realidad marcaran lo que por derecho era mío? ¿no es el ganado más numeroso a pesar de haber sido víctima de hurto? Con todas estas ideas llegó a casa y reclamó a Paula la desvergüenza de su padre, las mentiras, la mala esposa que le habían dado, el año desperdiciado, mientras más pensaba en lo que había perdido más enojado estaba, con Rafael por desleal, con Paula por ser tan común que lo aburría y con él mismo por haber caído en una trampa tan claramente dispuesta para alguien como él.

Lanzó un jarrón al piso y corrió de regreso al mar, dejando a Paula sola y embarazada.

Paula, que durante ese año de matrimonio la había pasado creyéndose en un mal sueño vio esto como una buena oportunidad para regresar con sus padres, pero estos no la aceptaron de regreso. Dolida volvió a la casa que Felipe le había construido, volvió la cara hacia Nana Luz que amasaba con más fuerza sabiendo que ahora dependerían solo de los pasteles para vivir; sus ojos se llenaron de lágrimas y preguntó:

– ¿Y ahora Nana? ¿Qué hago yo ahora?

– Trabajar – le contestó Nana Luz y fue por leña para encender el horno.

Samuel Estrada llegó tres meses después, cuando a Paula apenas se le notaba el embarazo, pero su indisposición era tal que solo Nana Luz salía a vender pasteles.

Para suerte de Paula, Estrada se vio interesado en la mujer de la historia de los becerros robados que aun se contaba por el pueblo, a falta de algo mejor, y la buscó para proponerle matrimonio.

Aunque Paula vivía sola, seguía estando casada con Felipe, de tal manera que el enlace con Estrada fue imposible. Como solución al problema, el abrió una pequeña panadería y después de entrevistarse con varias personas decidió que la mejor persona que podía trabajar para él era Paula Montés.

Paula entraba a trabajar a las 6 de la mañana, acompañada de un sol renovante y una incipiente panza, mientras pasaba tiempo y más gorda se iba poniendo menos días volvía a su casa. Casa que, Nana Luz cuidó durante todos los meses de ausencia de su dueña.

En enero, cuando el frío congelaba los huesos y la gente salía a la calle solo por obligación, Paula regresó a casa llorando pues Estrada acababa de vender la panadería y se dirigía a la capital. Tres días seguidos lloró hasta que se le secaron las lágrimas y el vientre mismo, de manera que éste me expulsó un 16 de enero de hace ya 25 años.

Durante dos años volvimos a vivir de los pasteles de Paula y Nana Luz, nos acostumbramos al ruido que cada una hacia en la casa, Nana Luz dejó de ser una sirvienta y tenía la recamara principal que compartía conmigo. Paula se quedó en una habitación más pequeña, llorando por las noches y trabajando durante el día.

Volvíamos de misa un día en que Estrada se presentó en la casa, ataviado de un traje y zapatos lustrosos en un  carruaje que no era tirado por caballos.

El único recuerdo que tengo de Paula, mi madre, son unos ojos oscuros carentes de brillo mirándome fijamente, sus cabellos crespos rozándome la mejilla me besaba, su espalda cuadrada mientras subía a un auto y una mano agitando un pañuelo por la ventanilla.

Durante tres años viví al cuidado de Nana Luz, antes de que llegará Tía Olivia por mí. Fueron los tres años más felices de mi vida, Nana Luz me enseñaba a hacer dulces para pasteles y luego me permitía una rebanada antes de dormir. En invierno nos acurrucábamos juntas y en verano me contaba cuentos mientras cocíamos fresas para pasteles.

Un día que estaba muy cansada me subí en sus piernas y le pedí un cuento, me miró con la imaginación gastada y me contestó:

– Te voy a contar el cuento de mi vida.